Hacía mucho que no escribía nada relacionado con mis viajes y hoy precisamente me he acordado de este. Un día como hoy me acerqué a Düsseldorf, una ciudad alemana con un encanto especial. Pillé un vuelo de esos medio baratos, me pillé un día de vacaciones en el curro y me acerqué a esta ciudad donde había quedado con un amigo. Recuerdo que una vez allí y en el trayecto por la ciudad nos estuvo acompañando el Rhin y que paseé por calles con nombres impronunciables para mi y que acababan todas pareciendo que se llamaban igual. Una ciudad inmersa en su quehacer diario. Y unas calles, algunas, con cierto aire medievalesco que hacía más que agradable el paseo por ellas.

Me tomé por supuesto unas cuantas cervezas alemanas en una taberna espectacular con algún camarero de buen ver haciendo pinitos con el español y que estaba ocupada en su mayor parte por alemanes que habían pasado a la etapa de la jubilación y que mantenían una charla animada sentados frente a un enorme barril que hacía las veces de mesa y tomando unas cervecitas. Una pareja de avanzada edad sentada a nuestro lado y algún que otro joven estudiante que andaba por allí. La cerveza, buenísima y el sitio os lo recomendaría si no fuera porque no tengo ni idea de cual es.
También estuve en un curioso restaurante donde toda la gente a mi alrededor hablaba sobre cosas que yo no era capaz de entender y me resultó curioso ese sonar de voces a las que mi oído no estaba acostumbrado y a las que no podía poner sentido. Un lugar que resultaba de cualquier forma acogedor y en el que tuve una animada charla cual habitante de una isla en medio de un océano de voces inconexas.
Volví de nuevo a recorrer sus calles, a mirar sus nombres en los carteles, a mirar a la gente que circulaba por una ciudad en la que me sentía un poco extraña, volví a divisar el Rhin y la enorme noria que se cernía sobre él, me pareció una ciudad gris y agradable, con una temperatura estupenda y un lugar que quedó en mi retina para cuando pienso en lugares a los que me gustaría volver a ir.
Cogí un avión de vuelta a Madrid (no sin antes pasar de nuevo por la historia de las botas en el aeropuerto que no es motivo del post) y dormí felizmente en mi cama sin saber al día siguiente si es que lo había soñado o es que había pasado un día en Düsseldorf como el que se acerca a Segovia a comerse un cochinillo una mañana de domingo. Y de nuevo, vuelta a trabajar.
Mirarlo. Es una opción si alguien quiere hacer un día algo especial. Yo se lo propuse a mis amigas. Hay vuelos muy baratos a ciudades europeas a las que se puede ir y volver en el mismo día y acercarse pues a dar una vuelta, comer y disfrutar las sensaciones de haberse teletransportado y por la noche, de nuevo en casita.

Me tomé por supuesto unas cuantas cervezas alemanas en una taberna espectacular con algún camarero de buen ver haciendo pinitos con el español y que estaba ocupada en su mayor parte por alemanes que habían pasado a la etapa de la jubilación y que mantenían una charla animada sentados frente a un enorme barril que hacía las veces de mesa y tomando unas cervecitas. Una pareja de avanzada edad sentada a nuestro lado y algún que otro joven estudiante que andaba por allí. La cerveza, buenísima y el sitio os lo recomendaría si no fuera porque no tengo ni idea de cual es.
También estuve en un curioso restaurante donde toda la gente a mi alrededor hablaba sobre cosas que yo no era capaz de entender y me resultó curioso ese sonar de voces a las que mi oído no estaba acostumbrado y a las que no podía poner sentido. Un lugar que resultaba de cualquier forma acogedor y en el que tuve una animada charla cual habitante de una isla en medio de un océano de voces inconexas.
Volví de nuevo a recorrer sus calles, a mirar sus nombres en los carteles, a mirar a la gente que circulaba por una ciudad en la que me sentía un poco extraña, volví a divisar el Rhin y la enorme noria que se cernía sobre él, me pareció una ciudad gris y agradable, con una temperatura estupenda y un lugar que quedó en mi retina para cuando pienso en lugares a los que me gustaría volver a ir.Cogí un avión de vuelta a Madrid (no sin antes pasar de nuevo por la historia de las botas en el aeropuerto que no es motivo del post) y dormí felizmente en mi cama sin saber al día siguiente si es que lo había soñado o es que había pasado un día en Düsseldorf como el que se acerca a Segovia a comerse un cochinillo una mañana de domingo. Y de nuevo, vuelta a trabajar.
Mirarlo. Es una opción si alguien quiere hacer un día algo especial. Yo se lo propuse a mis amigas. Hay vuelos muy baratos a ciudades europeas a las que se puede ir y volver en el mismo día y acercarse pues a dar una vuelta, comer y disfrutar las sensaciones de haberse teletransportado y por la noche, de nuevo en casita.
Muse - Unintended








