martes, 9 de junio de 2009

Magnus (I) - Mi cuento


Lo iba a escribir al final pero he cambiado de opinión, mejor las explicaciones al principio. Este es el cuento que un día alguien escribió para mi y que muchas veces he pensado en traer hasta aquí y no me he atrevido. Durante muchos años ha estado entre mis cosas más preciadas, guardado como un auténtico tesoro. No lo ha leído nadie más que yo. Mucho de lo que en él se encierra no tendrá sentido más que para los protagonistas del cuento. Gracias por hacerme persona y enseñarme todo lo que de hermoso tiene este mundo aunque a veces tan solo lo percibamos en nuestros sueños.


* * *

Magni
sabe hacer cosas. A veces, cuando el mar está tranquilo y hasta nosotros solo llega su tenue ronroneo, Magni me deleita con alguno de sus conciertos. Sus acordes siempre rebosan de la sensibilidad del solitario y se expanden y flotan en la amplia sala como etéreas nínfeas en lagos de aire y murmullos. Sus ojos siempre están cerrados cuando hace música, como si desease con su gesto hacerse uno con sus instrumentos y ser sólo acorde y cadencia, armonía efímera.

Nunca me anuncia sus intenciones. Deja la habitación solo alumbrada por el hogar incandescente, extrae los instrumentos de sus protectoras vestiduras y los apoya amorosamente en el piano. Se separa unos metros de ellos y, tras unos minutos de concentración, o quizás de olvido, empieza a mover sus dedos despacio, muy despacio. Entonces comienza el prodigio. El arco del violonchelo se posa tras ágil salto sobre las amadas cuerdas y las araña dulcemente intentando recordar pasadas caricias; el piano, siempre pensativo, muestra su sonrisa de siete octavas; y ella, la más hermosa, la flauta de argénteo brillo, se alza magnífica en el aire, impaciente ya por iniciar su canto alado. Es el momento de la tensión, de la espera, del deseo: es solo un segundo. Magni se gira, me saluda con ceremonia, se vuelve hacia sus hijos y surge al fin la música como lluvia de otoño, como hechizo de luna, como música.

Magni también pinta. Se pasa horas y horas luchando contra la nada para crear de ella formas y colores, paisajes utópicos y acronías imposibles. Entonces sí tiene los ojos muy abiertos pues son ellos los que dirigen a las vírgulas de color en su viaje de la paleta a la tela hasta posarse cual gotas de rocío allí donde Magni desea que estén. Mil veces le he presenciado y mil veces me he admirado de las iridiscencias que la luz arranca de las gotitas de pintura en su vuelo. Y mil veces he reflexionado sobre la nada y el arte, sobre lo creado y el creador, y mil veces me he quedado dormido en mi sillón.

Aquí en La Nada tiempo pasa los días olvidándose incluso de mí. Parece buscar su destino entre los eternos recovecos de la sala pero en verdad que solo remolonea indolente y perezoso en espera de alcanzarse a si mismo antes o después. En La Nada nunca pasa nada. Por eso me sorprende el ruido de la llegada, las voces y los saludos, los ofrecimientos serviles y la aúlica condescendencia de Julia mi diosa que dice que no a Rosa y pasa al estudio, mi estudio lleno llenito de cosas y más cosas que Magni hace mientras yo miro su hacer. Julia, mi diosa, recorre memoriosa el escritorio y los libros, las flautas, el sillón de leer y el de tomar coñac frente a la chimenea, el bar, los discos, el piano y el chelo, la colección de vasos de piedras de cosas, mil telas apoyadas aquí y allá, mesitas reptantes que se deslizan reptantes por doquier repletas de lo dicho y lo imaginado, lámparas y más lámparas que iluminan, que ocultan, que ensombrecen las sombras más allá de la luz y allí, en el centro, sobre todo, el caballete y los botes y las paletas y el silencio.

Julia se asoma al mar. No se ha deshecho de su abrigo ni del manguito de piel de nieve que cubre sus níveas manos. Está preciosa Julia como una diosa que llora a su héroe perdido derramando dos lágrimas sus ojos al descubrir a lo lejos a Magni que vuelve sin retorno con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el sendero. Tiempo se agita asustado y Julia se aparta bruscamente del ventanal como si temiese ser descubierta en sus pensamientos. Se acerca resuelta al lienzo empavesado que reposa sobre el caballete con un recuerdo impreso en sus húmedos fanales. Levanta cuidadosa la tela que cubre el cuadro un instante justo para que tiempo se acelere, para que luz arranque color de lo obscuro, para vislumbrar el apenas esbozo que ya es figura en la mancha que ya es silueta sobrecogedora como siempre una vez más, de ninfa nereida.


Pensamientos, insectos molestos que zumban insidiosos los oídos que despiertan a silencio con su aguijón siempre laborioso y zumban, zumban a rebato las almas siempre tristes de ser pensamientos y Julia mi diosa se sume en melancolía, por eso la substraigo de sí, por eso llamo su atención revolviéndome en mi cojín con algo más ruido del habitual. Me mira y yo vuelvo a enamorarme de ella una vez más. Quizá sea su sonrisa, dulce y tenue como el ruido de una hoja al caer, o sus mejillas de flor, o quizá sus ojos de niña que antes fue mujer y que más que mirar parecen besar. No sé, pero ante ella incluso alguien como yo lo olvida todo para solo pensar en sumergirse en su burbuja y vivir su vivir.

- Hola, precioso. Hace tanto... ¿Me has echado de menos? Yo también a vosotros. Cómo te gustan mis caricias, ¿verdad? Otra vez aquí. Y ese cuadro. Otra vez. Otra sirena. ¿Porqué lo hace? ¿Qué busca? ¿Lo sabes? Si, claro que lo sabes. Yo le quiero. Quiero a Magnus pero él... No entiendo porqué no puede ser...

Arrebujado en su regazo, la voz de Julia mi diosa, suena como melodía que es más canto que palabras. Me gusta que me hable y confíe en mí, que me vuelque su corazón, aunque claro, ella no sabe que entiendo lo que dice.

- Julia.
- Hola Magnus.
- Hola preciosa. ¿Llevas mucho esperando?
- No, apenas un rato.
- No te esperaba. ¿Cómo estás? ¿Quieres tomar algo?
- No. Quiero acostarme contigo.

El mar brama allá fuera, a lo lejos. El aroma del salitre excita mi árido olfato. Las olas se levantan sobre sí y se acercan con lentitud a la costa. Apenas un roce, un susurro se siente al pie de los acantilados. La tierra húmeda impregna el aire confundiendo mis sentidos la mezcolanza. Suave, muy suave se aproximan contenidos los tactos siempre fríos de las rocas informes, de las aguas cambiantes. A veces la tierra y el mar olvidan lo que son. A veces la poesía que tantos aedos destilaron de sus nombres se desvanece en el aire como palabras en el tiempo y recuerdan que un día lucharon por el mundo. Entonces el cielo se cubre de noche y el viento aulla su canto de dolor. Entonces la pasión se funde con el todo y el todo en la nada del sin sentido, de la sinrazón. Entonces se imbrican los elementos. Los castros penetran salvajes la mar que se revuelve furiosa y embite con rabia la tierra que extiende su abrazo y la espuma salta, salta alto, salta fuerte como el grito de la vida que se siente morir y pide más, una vez más, por favor, mientras ya nada es fuera de las tierras y las aguas que se golpean, que se imploran, que se retiran solo para estrecharse una vez más, sí por favor, una vez más para tocarse y morir en la obscuridad del ciego temporal. Y el mar y la tierra sucumben a sus sueños de vigilia, se revuelcan en la soledad que son ellos para expandirse y ocupar cuanto hay, cuanto es, para proferir juntos por fin el grito efímero del saber eterno, del climax que ya pasó, que apenas fue y ya huye en el recuerdo, en las aguas que retornan, en las rocas que chorrean el sudor de un combate nunca vencido y siempre ganado, sí una vez más, en las nubes que palidecen místicas, para caer, otra vez, en la espera del desencanto y el sueño.


La tormenta da paso a la calma. Natura regresa en paz a su hogar umbrío y Magni y Julia cubren sus cuerpos con el agua estéril que limpia el recuerdo de lo ocurrido. Mientras bajamos al salón observo sus semblantes. El gesto ausente de Magni no me preocupa por lo sólito, pero el rostro de Julia mi diosa se me antoja triste y eso es como si el sol se hubiese puesto para siempre...

(continuará)

7 comentarios:

Yáñez dijo...

Buenos son los recuerdos, pero no la melancolía, el mar es más poderoso que el acantilado.

Padme dijo...

Cierto, Yañez, eso es lo que son. Bonitos recuerdos pero no melancolía aunque me haya trasladado muchos años en el tiempo.

El deseo de un poco de tranquilidad interior me llevó a los sueños de antaño y estos me llevaron al cuento. Durante un par de días he vuelto a vivir en La Nada y de nuevo vuelvo a mi realidad.

Sweet dreams. :)

WOOD dijo...

Querida, es tan bonito como debes ser tú. Esperaré la segunda parte. Besos.

Jon Basto dijo...

A ver esa segunda parte, compañera.

Padme dijo...

Gracias, Wood, no me saques lo colores, anda. Besos.

Mañana a la misma hora, Jon Basto. :)

No te preocupes, ya verás como mañana sonrío aunque creo que lo del sol y mis sonrisas no están muy relacionados. ;)

Besote y van dos.

raúl dijo...

el texto tiene mucha miga en sí mismo, desde luego, está repleto de imágenes preciosas (me ha gustado mucho eso la sonrisa de 7 octavas del piano), pero como bien dices seguro que adquiere todo el sentido conociendo la realidad de los protagonistas. me ha gustado, sí.

Padme dijo...

A mi también me gustan muchas de las metáforas que utiliza. Tiene un dominio de la palabra estupendo. No te creas que no tuve que ir al diccionario a buscar algunas de ellas. Me alegra que te haya gustado, raúl. A mi me gustan mucho esos mini-relatos que escribes de vez en cuando (como hoy) y con los que en tan pocas palabras haces volar la imaginación.