miércoles, 10 de junio de 2009

Magnus (II) - Mi cuento

Magni dispone la cena en el velador que hay junto a los altos ventanales del estudio. Lo hace con esmero artesano, con el infinito cuidado de quien da importancia a los detalles. Pero Magni no es así, y en su morosidad se esconde tiempo que no pasa y se enrosca en los candeleros con la ironía de lo ineludible por necesario.

Sin embargo, al poco, la sonrisa de Julia renace de entre las sombras llenándome de dicha: sea la charla animada de un Magni ya de vuelta a este mundo, sea el cava que mana generoso, las delicadas viandas o, quizá, el simple placer de estar, Julia se abre en toda su belleza contagiándonos la esencia de una alegría tan pura y perfecta que parece surgir de la misma naturaleza. Tanto se ha animado Magni que a los postres decide obsequiarnos con uno de sus espectáculos preferidos: la danza del ajedrez. Las luces se apagan de pronto y nuestras miradas huyen entonces hacia la chimenea trocada en ese mismo instante en escenario. Julia y yo sabemos lo que va a ocurrir, pero aún así temblamos de emoción mientras treinta y dos trebejos de cristal acuden lentamente a ofrecernos su representación. Por la derecha, las blancas, hermosas tallas de cuarzo que refulgen y brillan mil veces soslayando los rayos que el fuego les manda. Y por la izquierda, las negras, obsidianas obscuras como la muerte que más que verlas intuíamos por como ocultan las llamas. Marciales y disciplinadas avanzan unas tras otras en formación de combate hasta encontrarse los dos ejércitos frente a frente sobre imaginarios escaques y con el hogar crepitante al fondo la partida comienza despacio, paso a paso y los contendientes se estudian con respeto. Pero a poco el coraje desplaza a la cautela y las piezas entran en frenético baile de complicados pasos: barre una torre la horizontal mientras peones de ambos colores cruzan la línea de fuego al tresbolillo. Los caballos saltan sobre alfiles que oblícuos recorren el tablero mientras las reinas intentan organizar sus fuerzas yendo de aquí para allá, contribuyendo así con su libertad al caos general. Solo los reyes parecen conservar la calma, pero lo cierto es que acaban sucumbiendo igualmente al infierno que les rodea, devorando al tiempo las llamas sus almas de piedra en ese tablero inmaterial en el que flotan, se arrastran, danzan alocadas las piezas danzando y luchando por ocupar el vacío del escaque que al fin proporcionará la pírrica victoria del fin del juego.

¡Jaque Mate! exclama gozoso Magni y al instante termina la lucha. Vencedores y vencidos regresan impasibles a sus cuarteles una vez más preguntándose por lo ocurrido pero sin perder un momento la marcialidad del paso. Luz vuelve y tiempo parece despertar.

Se les ve felices, relajados. No hay más que oir como Julia celebra las habilidades de Magni y como este se demora en los mil y un detalles de la batalla. Hablan animadamente con el tácito deseo de contárselo todo, de compartir el tiempo que gastaron por separado, de recobrar la compenetración del conocimiento total. Recrean recuerdos casi olvidados llenándolos de nuevo contenido a la luz de su mutua complicidad. Las palabras revolotean como los trebejos de cristal y arrancan de su mirada sonrisas dulces y limpias, sinceras. En verdad que los humanos pueden ser hermosos: y Julia y Magni lo son como dioses que en su epifanía asumiesen la belleza sin matices de la idea hecha carne. Y me deleito en su contemplación como ellos mismos al ver en el otro la imagen de su deseo mil veces reflejada en su infinito mirar. Fluye tiempo feliz de libar el placer que mana de la nada que llena la noche y noche oculta los fantasmas que ya se deslizan por el reflejo de luna allá en el mar hasta perderse en el dulce seuño de dos cuerpos que desnudos se abrazan y por fin duermen en paz.

Julia despierta. Su tez pálida de músculos aún inconscientes de la vida me mira interrogante. En seguida un pensamiento obscuro la empuja a la ventana: un frío sol de invierno cae sobre La Nada y arranca azures intensos a un cielo limpio de hielo. El acantilado se distingue nítido en su guardia junto al mar y, en su borde, la figura de alguien de largos cabellos que silencioso e inmóvil observa desde una grieta el mar.

Magnus, susurra Julia con la misma melancolía que la embargara ayer cuando vio a ninfa nereida. Como si jamás antes lo hubiese visto, Julia parece sorprenderse al descubrir junto a sí un catalejo. Con infinito cuidado para ni rozarlo siquiera se asoma al mundo pequeño que muestran las lentes y ve a Magnus, claro: lo sabía. Apunta justo a donde él está. Siempre debe estar buscando, siempre, allí o aquí pero siempre el mismo lugar, esa grieta desde la que se pueden ver la playa, siempre, siempre, siempre repite Julia una y otra vez, más bajo, más murmullo, más desaliento, más queja, de ver a Magni buscar donde ella no está ni nunca podrá estar: entre las olas, entre los arrecifes, en el mar.


Sol está alto en el cielo. Julia permanece inmóvil, silenciosa, esperando. Magni entra y la saluda amable. Julia no contesta. Solo pregunta: Magnus, ¿porqué el mismo cuadro?, ¿porqué siempre la misma sirena? Y como tantas otras veces Magni contesta lo mismo de tantas otras veces: no es el mismo, Julia. Estoy buscando.

Sus mentes parecen obscurecerse en el imbricado galimatías de los pensamientos humanos. Hablan de la vida y de la muerte, de la realidad y del sueño, de la búsqueda y el fin. Se enfrentan la enérgica alegría de vivir con la morbosa melancolía romántica en una batalla decidida de antemano: el vencido que lo sabe solo en las palabras izará bien alta la dignidad del perdedor y el pírrico victorioso, desarmado de su razón que lo es por la vergüenza de ganar solo puede porfiar una vez más, por favor, ¿qué buscas?, tú que un día quisiste gobernar el mundo, tú que con el poder que emana de tí quisiste revolucionar la tierra, ahora te encierras aquí, lejos de todo lo que quisiste cambiar, lejos de todo lo que quisiste dominar, lejos de la fuerza y el poder que eran tus insignias, ¿qué buscas?

Magni calla. De pronto, tras mucho ergotizar, calla. Ya habló de las batallas perdidas, del placer de una tristeza que en su calmado retiro restaña sus heridas con ternura. Ya recordó y olvidó su voluntad de poder y su fracaso. Ya dijo que aquel Magnus mangífico como un dios solo era recuerdo de una juventud que ahora solo comparte un cuerpo agostado. Ya susurró que tras la búsqueda infructuosa solo queda la espera. Ya lo dijo todo. Ahora, Magni calla.

- Pero Magnus, ¡tú eres grande!
- Si, pero eso fue antes de oir el canto de sirena.

Julia pasea por el estudio tocándolo todo, acariciando con su mano de nácar las mil cosas preñadas de Magni, sopesando cuantos fragmentos de él están allí depositados. Quizá busque a su Magnus de antaño, quizá quiera reconocer en el de ahora lo que ella una vez soñó. Quizá intente recoger lo que de él se perdió en el camino y con ello modelar de nuevo el objeto de su imaginación. Quizá simplemente de tiempo a tiempo para que pase, para que se vaya, para que se pierda en el vacío.

- Magnus, quiero quedarme contigo.
- Sabes que puedes hacerlo.
- No mientras ese cuadro siga ahí.


Magni, desde la ventana, observa a Julia, mi diosa, alejarse de La Nada por la carretera. Me acerco, rozo sus piernas con mi lomo y nos vamos a pasear por el acantilado.

- Sabes que si ella se hubiese quedado nunca hubieses vuelto a hacer cosas.
- Si, lo sé.
- Por cierto, ¿quién es la sirena?
- ¿La sirena? La sirena es ella.
- ¿Ella?
- Si. Julia.

8 comentarios:

Yáñez dijo...

Demasiado interesante para que esto sea jaque mate.

Padme dijo...

Si, tan interesante como que un día Julia comprendió que era la ninfa nereida y ya no hubo jaques mates. :)

taratela dijo...

Me encantó el cuento... supongo que para ti seria increíble (y quizás clasificador), leerlo por primer vez... entiendo que lo tengas guardado como algo especial...

Padme dijo...

Me alegra que te haya gustado, taratela. Si que fue algo muy especial leerlo. La primera vez y cada vez que lo leo.

Por cierto, no me llamo Julia, por si alguno pensaba que descubría mi nombre en el cuento. :)

Besos.

WOOD dijo...

Guárdalo bien como oro en paño. Besos.

Padme dijo...

Guardadito sigue estando. Manuscrito y con dedicatoria. Todo un lujo. ;)

Te he dicho que besos? Pues eso, besos. ;)

raúl dijo...

entonces, después de la obscuridad del "imbricado galimatías de los pensamientos humanos"... llegó el amanecer!! no? parece la génesis de tu blog, mismamente. un relato magnífico, la verdad.

Padme dijo...

Si, raúl, después de la obscuridad llegaron muchos amaneceres estupendos que convirtieron un principio difícil en una historia estupenda que duró, no toda una vida, pero si muchos años de ilusión.

Gracias.